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UN LLANERO EN LA CAPITAL

Juan Yáñez
Publicado en el Diario La Antena de San Juan de los Morros, Venezuela el 13 de noviembre de 2011
                                                             Este es precisamente el título de una obra de un escritor llanero, que supo transmitir con su pluma la vida y costumbres de su tierra, quizás la más representativa de la identidad venezolana. El autor de esta narración es el calaboceño Daniel Mendoza. Quien hubo nacido en 1823, cuando Calabozo ya sobresalía como la más importante ciudad guariqueña.  Nuestro llano y en particular el del Guárico, rico en episodios históricos y una fuente inagotable de tradiciones que aún perduran y difícilmente se desdibujen con el correr del tiempo. Es el llanero en su generalidad un individuo avisado, que posee una especial picardía, que rebosa de ironía y hasta de socarronería. Ello viene de lejos, desde que se establecieron los primeros poblados  y hubo que luchar con un medio rústico en demasía, donde la supervivencia no se alcanzaba sino con mucho esfuerzo, tesón  y constancia. En contraste con la vida urbana, donde todo se facilita y se encuentra al alcance de la mano; el medio rural es sumamente agreste, donde hasta lo más sencillo demanda  férrea voluntad. La extensión de su territorio hace que  las distancias se tornen inconmensurables y el aislamiento una circunstancia  insalvable. Igualmente las condiciones de vida hacen que hasta la más simple comodidad sea un lujo inalcanzable y sobresaliendo entre todo ello hubo de soportar desde siempre abusos, despotismos e ingratitudes de la burocracia y la indiferencia citadina. Todo ello inspiró a Daniel Mendoza, el autor de “Un llanero en la capital” a  escribir las peripecias de un personaje típico del llano,  llamado Palmarote, un hombre de pueblo que visita Caracas y desperdiga todo su locuaz  ingenio, pleno de jocosas ocurrencias, mordacidad, con una fingida ingenuidad.  Despliega este personaje toda la sabiduría llanera empleando los refranes populares de su tierra  con los que fustiga a la sociedad capitalina de la mitad del siglo XIX, caracterizada por procedimientos demasiado rígidos, plagados de formalismos estéticos y perfectamente prescindibles. Es entonces que Mendoza ahonda en su relato la crítica a las diferencias culturales, es decir entre lo rural y lo urbano de la venezonalidad y lo hace en forma graciosa, amena y deleitable. Este guariqueño conocía perfectamente las costumbres y las particularidades caraqueñas. Se había educado en El Seminario Tridentino de la ciudad y posteriormente cursó jurisprudencia en la Universidad Central. Una vez graduado regresó a Calabozo para fundar un colegio que no alcanzó a mantenerse por los conflictos políticos que se suscitaron en su época. Luego se dedicó a ejercer el derecho y es a partir de 1844 que su nombre adquiere fama de poeta y de escritor costumbrista. Esta última apreciación es en la que ha de destacarse y despuntar como una de  las figuras centrales del costumbrismo venezolano.  Otras obras de las mismas características y autoría, son: “Muchachos a la Moday “Gran Sarao o las Niñas a la Moda”. Ambas son una sátira a la juventud de la época, llena de frivolidades y cursilerías, que como en todo tiempo y lugar, han dado material para el divertimento social. Mendoza escribe de manera animada y precisa para solaz de jóvenes y viejos. Son unas muestras literarias plenas de gracia y humor que lograra este importante escritor, hoy injustamente poco recordado que muriera muy joven, en 1877 a los 44 años. Otros autores se han ocupado de él, entre ellos Arturo Uslar Pietri nos dice a propósito de “Un Llanero en la Capital y de su autor lo siguiente: “Daniel Mendoza a mediados del siglo, (XIX) relata las jocosas aventuras del rudo hombre de los llanos en la capital, y, en un libro corto e henchido. El llanero allega los materiales y los personajes, y hasta el tono del diálogo y el vocabulario, para una novela de la vida rural en las grandes llanuras”  de igual modo Pedro Díaz Seijas, el ilustre profesor vallepascuense, recientemente fallecido, complementa lo anterior diciendo: “El lenguaje franco, la “fisgonearía” de “Un Llanero en la Capital”, son como la culminación del costumbrismo nacional. Daniel Mendoza ya no irá ya a buscar inspiración en los cuadros de Larra  o Mesoneros Romano, sino que hurgará dentro de lo criollo para extraer la materia prima de sus escritos de costumbres”.
Apropiado es, amables amigos y consecuentes lectores, transcribir un fragmento de esta obra para que apreciemos la original expresividad del diálogo que Palmarote mantiene con un ciudadano caraqueño a quien visita y llama “dotor”  
“…-Hablemos claro, Dotor: aquí se conseña a papelero: aquí es que se apriende a Dotor; pero ya nadie quiere aprender a cura, no, señor ¡Papeles ban y papeles bienen; pero naide dice "dominos bobisco". Cuando saben haser cuatro gasetas, se cren ya unos hombresitos; pero coja U. un Dotor y póngale una soga en la mano, pa que lo bea too regao en la siya. Ni sabe apiársele a un toro, ni arriar una madrina, ni trochar una potranca, ni pasar su siya, ni maldita la cosa. ¡Y esto no es sensia!. No señor: gasetas ban y gasetas bienen: Dotores por ayí; y ni el toro se tumba, ni se jierra el beserro, ni se arrea la madrina, ni se trocha la potranca y se moja la siya. ¡Y too esto no es sensia!
-Qué disparates, Palmarote! ¿Qué sería de la sociedad si todos fuéramos ARREADORES DE MADRINAS, como dice U.? Los cultivadores de las ciencias, como los industriales, como los que ejercen oficios, etc., todos, todos prestan un gran servicio a la sociedad, auxiliándose recíprocamente, y es necesario que todos desempeñen funciones distintas… “
Disfruten de un feliz y placido domingo, amables amigos…


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